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53 días de lucha: balance del movimiento de masas

 

Bolivia, por cincuenta días, vio una lucha intensa que alcanzó proporciones casi insurreccionales. 

El movimiento exigía la renuncia del presidente Rodrigo Paz, y podría haberlo logrado. En su lugar, el movimiento finalizó con la declaración del estado de excepción por parte del gobierno, la persecución a dirigentes del movimiento, y el avance del programa de ajuste capitalista del gobierno. ¿Qué pasó?

El movimiento empezó con una movilización de campesinos del oriente del país en contra de la ley 1720, que hubiera facilitado el despojo de tierras de los pequeños campesinos en beneficio de los bancos y los grandes latifundistas. Los campesinos empezaron una marcha hacia La Paz, algunos marchando más de 1000 kilómetros para exigir la abrogación de la ley.

La respuesta inicial del gobierno fue una de atacar y calumniar a los campesinos, cuya marcha debía llegar a la capital el primero de mayo, el día del trabajador. Para este día la Central Obrera Boliviana (COB) había convocado un cabildo nacional en El Alto para discutir un pliego de demandas hacia el gobierno y cómo luchar para obtenerlas.

Radicalización

La COB resolvió apoyar las reivindicaciones de los campesinos contra la Ley 1720, y además desarrolló una serie de exigencias populares, como el respeto a la ley del trabajo y a la constitución política, defensa de la jubilación, la salud y la educación, entre otros. 

La medida que decidieron adoptar para luchar por estas exigencias: la huelga general indefinida con bloqueo de caminos.

Sin embargo, el pliego petitorio muy rápidamente fue superado por la radicalidad de las masas, que ante la soberbia e incapacidad del presidente Rodrigo Paz, empezaron a exigir su renuncia, llevando a los líderes a lamentarse que “las bases han desbordado a la dirigencia”.

Josué Cortéz es un fotoperiodista de La Paz que ha estado reportando sobre movimientos revolucionarios en el país por años. Le contó a marxist.com que esta lucha fue diferente:

Antes los movimientos estaban más divididos. Si algún rato se movilizaban maestros, solo eran maestros, o fabriles, pero no eran muchos. Y ese último sí eran hartos, eran de todo lado, me acuerdo que cuando bajaron los cooperativistas. Ellos son, creo, prácticamente los que podrían doblarle el brazo al gobierno.

Campesinos y trabajadores precarizados, particularmente de la ciudad de El Alto, montaron un bloqueo contundente que tuvo a la zona metropolitana de La Paz casi completamente aislada. 

La represión estatal radicalizó las consignas, incluyendo llamados a que la policía y el ejército de que se unan en solidaridad al movimiento.

La lucha contra el Decreto Supremo 5503 a principios de 2026 demostró que los líderes de las organizaciones obreras y campesinas estaban demasiado ansiosos de llegar a un acuerdo con el gobierno, sin importar la opinión de las bases. 

En un caso, un “dirigente traidor” fue hecho bailar en pollera en la plaza de su pueblo.

A inicios de mayo, la burguesía se vio obligada a hacer una concesión: la ley de despojo de tierras, que a estas alturas era rechazada por la gran mayoría de la sociedad, fue abrogada. Sin embargo, esto no tuvo el efecto esperado de aplacar a las masas. 

Enfrentados a la prueba viviente de que luchar da resultados, y con los recuerdos de la firma prematura en la lucha contra el DS 5503 aún frescos en la memoria, el movimiento dio un paso hacia adelante.

La voluntad de lucha que se pudo observar en este movimiento era realmente inspiradora: debía lucharse hasta el final.

Los sectores más avanzados en El Alto incluso impulsaron sus propias formas de organización desde abajo en los cabildos abiertos realizados en diversos puntos de bloqueo y en varios distritos de la ciudad. Se trataban de ejemplos magníficos de autoorganización de las masas y debate democrático para avanzar en la lucha.

Estancamiento

Los bloqueos eran muy contundentes, y diversos sectores se acercaban más y más a la lucha activa a medida que crecía la indignación frente al gobierno, que era extremadamente débil. El gobierno no podía desatar la represión, y las concesiones solo alentaban a los movilizados. Rodrigo Paz se tambaleaba cada vez más, pero no llegaba el golpe de gracia. A pesar de la gran voluntad de lucha, el movimiento rápidamente quedó estancado. 

En una situación de tablas de este tipo, donde ningún lado es capaz de dar un paso decisivo hacia adelante, el enfrentamiento se convierte en una guerra de desgaste, donde la burguesía, teniendo más recursos, siempre tiene las de ganar. 

Durante todos los 53 días, los sectores movilizados mostraron gran valentía, y no se podría haber exigido más de ellos: lo dieron todo. Pero un sector clave estaba notoriamente ausente: los batallones pesados que son los obreros mineros y fabriles.

De esta manera, el movimiento se fue agotando, hasta que el 19 de junio, en la mañana el gobierno de Rodrigo Paz firmó acuerdos separados con los sindicatos mineros de Huanuni y Colquiri. Ese mismo día, habiéndose retirado la columna vertebral minera de la COB, el máximo dirigente Mario Argollo firmó con lágrimas en los ojos la capitulación ante el gobierno, dejando aislado al movimiento campesino.

En la madrugada del día siguiente, habiendo dividido al movimiento, el gobierno declaró el Estado de Excepción, y en las 24 horas que siguieron se levantaron todos los bloqueos que quedaban, marcando la derrota de la movilización, y abriendo el paso a la reacción.

El gobierno declaró el Estado de Excepción, y en las 24 horas que siguieron se levantaron todos los bloqueos que quedaban, marcando la derrota de la movilización. / Imagen: Josué Cortéz

En las semanas que han seguido a esta derrota, el gobierno ha perseguido y arrestado a una serie de dirigentes, como por ejemplo Vicente Salazar, de la Federación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de La Paz – Tupac Katari.

A su vez, la derrota ha abierto el camino para el avance del programa de ajuste, que prepara un préstamo del FMI liberalizando el tipo de cambio, lo que ha llevado a una devaluación del boliviano en más de 15% en menos de un mes. En efecto, la capacidad adquisitiva de los salarios de los trabajadores está siendo frontalmente atacada. No debería sorprendernos si ahora la clase dominante sí es capaz de forzar una ley de tierras como la derrotada 1720.

Estas son las consecuencias reales de perder en la lucha de clases.

Pero esta derrota no estaba predestinada: era posible ganar, de haber tenido una dirección audaz. Lamentablemente debe decirse que este no fue el caso, particularmente del lado de la COB. Uno podría preguntarse incluso si es que esta dirigencia estaba interesada en ver una victoria del movimiento.

Por otro lado, los gusanos oligárquicos del oriente se volvieron roncos de tanto gritar por un estado de excepción, que finalmente obtuvieron, mas únicamente cuando el movimiento ya estaba agotado y dividido. 

Incluso intentaron movilizar a bandas fascistas de elementos descasados para aplastar los bloqueos en San Julián, pero estas fueron aplastadas por los campesinos y obreros. Esto da una clara respuesta a aquellos en la izquierda que temen que estamos enfrentados a un gobierno fascista o dictatorial. El fascismo llega al poder apoyado precisamente en la violencia de este tipo de grupos, y en su camino hacia el poder destruye todos los elementos de organización obrera e incluso de democracia burguesa. Esa no es la situación que enfrentamos. Más bien estamos en un escenario en el que, bajo la presión de la crisis capitalista, a la democracia burguesa se le cae más y más la máscara de libertad para dejar ver cada vez más la dominación de clase que esconde.

Los motivos de la derrota

El gobierno perdió la batalla en San Julián, sin embargo terminó derrotando al movimiento. ¿Por qué?

El movimiento estaba dominado por el campesinado y los sectores más empobrecidos y precarizados de El Alto. A ellos no se les puede echar la culpa, más bien demostraron una tenacidad y capacidad de organización impresionantes. Pero muchos se hallaron aislados sin un programa ni tareas claras.

Josué Cortéz viajó con otra activista local a una zona rural en las afueras de La Paz que estaba bloqueada por los Ponchos Rojos, uno de los grupos campesinos más militantes del país. Según Cortéz: “Yo fui un poco con miedo, porque yo conozco cómo son los ponchos rojos y las personas de ellos son bien reales, son bien firmes en lo que piensan y nunca se doblan, ellos, como podríamos decir, van y están dispuestos a morir por algo.” Aquí el potencial revolucionario perdido del campesinado queda claro:

“Ahí hablamos con este señor que me presentó mi compañera, que es un dirigente de ahí de los ponchos rojos. Y él me dijo que ellos estaban dispuestos a continuar, pero lo malo es que sus cabezas, las cabezas. ‘Como ves aquí hay varios que somos de varias regiones, o sea seríamos en este caso municipios del altiplano y de Ayllus y demás, pero no tenemos una cabeza que nos esté dirigiendo ahora y nos dejan así abandonados. Nosotros estamos haciendo vigilia por días y no tenemos alguien, o sea no hay un líder que nos diga esto vamos a hacer hoy día, esto vamos a hacer mañana o vamos a seguir, nada, nos dejan así y sólo estamos esperando la orden de qué vamos a hacer los posteriores días’, que justo esos días posteriores, dos días después creo, la COB había zanjado o arreglado algo con el gobierno y pues todo se cayó.”

Ningún movimiento puede permanecer suspendido en el aire, sin dirección, sin estancarse eventualmente. La entrada al movimiento de los obreros como clase es lo que más faltaba.

Ningún movimiento puede permanecer suspendido en el aire, sin dirección, sin estancarse eventualmente. / Imagen: Josué Cortéz

El aislamiento del movimiento campesino también significó otro problema: ante el estancamiento de la lucha, que se dio en un momento relativamente temprano del movimiento, era claro que era necesario aumentar la presión. Pero, ¿contra quién? Con el campesinado por su cuenta, inevitablemente se instala una lógica de campo contra ciudad, donde algunos sectores consideraban que toda la población de las ciudades debía sufrir la escasez para unirse a la lucha. Esto no impulsó el movimiento.

El bloqueo de caminos es un método de lucha campesino, y puede ser extremadamente poderoso cuando se realiza en conjunción con la huelga. Sin embargo, en aislamiento resulta extremadamente limitado, y puede tornar a sectores de la clase trabajadora contra los campesinos. Cortéz habló de la oposición a los bloqueos por parte de los obreros: “Prácticamente se dividió esto; incluso en la lucha de izquierda que estaban ahí en ese momento se dividió”

Los bloqueos sin duda dificultaron la vida de los obreros en las ciudades, pero a pesar de esto y de la propaganda del Estado, la mayoría de los trabajadores mantuvieron su apoyo. “Lo sentimos mucho aquí, son 53 días y lo sentimos realmente. Todo estaba caro, pero los que, por lo menos los que bajo una línea política tal vez nos manteníamos y decíamos pero esto es para un bien, y había que, como decimos, hay que morder, nos tocaba morder. Pero no importa, porque al final se puede conseguir cosas a favor de todos.”

Pero el conflicto no puede durar indefinidamente, especialmente si el movimiento no avanza. Tarde o temprano incluso los obreros más solidarios se verán forzados a llamar por la vuelta a la normalidad.

La falsa perspectiva de campo contra ciudad dio lugar a situaciones auténticamente bizarras, donde los bloqueos dejaban pasar cargas minerales de las empresas mineras, pero bloqueaban el paso de alimentos y gas dirigidos a las ciudades.

¿Qué era necesario para ganar?

Una victoria hubiera significado la caída del gobierno de Rodrigo Paz, y en ausencia de cualquier otra alternativa, el poder hubiera caído en manos de a COB. Pero, ¿hubiera sabido qué hacer? Para esto hubiera sido necesario que los líderes del movimiento tuvieran una perspectiva revolucionaria de nacionalizar la industria bajo control obrero. Precisamente esta perspectiva estaba ausente, a pesar de su lenguaje radical.

Los líderes de la COB ya estaban bajo presión extrema de las bases tras su capitulación en la lucha contra el DS 5503 a principios del año. La presión antes del día del trabajador era incluso más fuerte, y la burocracia sabía que tenía que hacer algo. 

En lugar de proponer un plan de acción para preparar una huelga general, la dirección de la COB tomó una decisión imprudente: llamar a una huelga general indefinida hasta que cayera el gobierno, negándose a negociar con el gobierno.

El motivo de esa decisión era el miedo a la presión de las bases. Pero aunque parecía radical, en realidad esta propuesta (hecha sin preparación) preparó la derrota.

Lo que debería haberse hecho es desarrollar un plan de movilizaciones escalonadas que dirigieran a una huelga general, uniendo a diferentes sectores bajo una plataforma común de reivindicaciones. Al plantear la caída del gobierno como objetivo, cuando las condiciones no habían sido preparadas, la retórica “radical” de la dirección dirigió al movimiento a un callejón sin salida.

Ningún sector clave de la clase trabajadora participó en el movimiento como clase, con métodos de lucha de clase obrera. Ni los mineros, ni los fabriles, ni los sectores del transporte. Algunas CODes (Santa Cruz y Cochabamba) ni siquiera apoyaron el llamado a la huelga. Los mineros de Huanuni participaron en los bloqueos de carreteras, pero mientras mantenían en funcionamiento la producción. Los cooperativistas mineros se movilizaron, pero como ya explicamos, este sector está subordinado a los intereses de la patronal cooperativista, que rápidamente firmó un acuerdo con el Estado. Incluso ayudaron a la policía a desmantelar bloqueos campesinos

Lo cierto es que la burocracia de la COB no entiende el curso de la lucha de clases, y son incapaces de avizorar la posibilidad de que la clase obrera dirija la sociedad: están absoluta y completamente encerrados dentro de los límites del capitalismo, por lo que terminan viéndose obligados a rescatarlo. 

Pero si los dirigentes sindicales son ciegos, los capitalistas bolivianos y sus representantes políticos lo son cien veces más: desde el principio hasta el final consideraron todo el movimiento como resultado de la tenebrosa manipulación de agentes siniestros, sea Evo Morales, Mario Argollo o Vicente Salazar. Esto es característico de la mentalidad de la clase dominante, que no reconoce la agencia propia de las clases oprimidas, viéndolas más bien como meros drones que deben cumplir su rol asignado y seguir órdenes. Y si se rebelan, obviamente debe ser porque están siguiendo las órdenes de otro.

Para los líderes reformistas conservadores de los sindicatos, cada paso adelante del movimiento es como acercarse a un abismo desconocido. Temen que las masas se salgan de su control.

Y así el movimiento se enfrentó a una contradicción: el gobierno, extremadamente débil y desacreditado, no podía gobernar. Pero la COB, la única organización de masas capaz de tomar el poder, se negó a hacerlo.

El Estado habría fallado si hubiera intentado imponer el estado de excepción en los primeros días del movimiento cuando las masas eran fuertes. Si lo hubiera intentado, lo más probable es que hubiera avivado las llamas del conflicto, y hubiera podido catalizar su propia caída. Necesitaba la capitulación de los líderes sindicales y campesinos.

En las próximas luchas, las masas nuevamente tendrán que dirigirse a sus organizaciones tradicionales: las federaciones campesinas, las FEJUVEs, la COB. No existe otra organización alternativa posible en el momento: la vía política actualmente está cerrada. No podemos desechar a estas organizaciones, por más asco que nos cause la traición de sus dirigentes. Las masas deberán luchar por transformarlas en verdaderos órganos de lucha, y el primer paso de esto es luchar por cambiar la dirección. Son necesarios líderes audaces que estén realmente dispuestos a pelear contra este gobierno que no escatimará esfuerzos para imponer el programa de ajuste capitalista.

Todo apunta a una nueva movilización en el futuro, incluso tan pronto como octubre. Los líderes de la Túpac Katari y Bartolina Sisa rechazaron el acuerdo de la COB con el gobierno y actualmente discuten sus próximos planes.

El gobierno sale victorioso, pero no necesariamente fortalecido. / Imagen: Josué Cortéz

La derrota de junio tuvo un efecto desmoralizante, especialmente comparado con lo que hubiera sido posible.

El gobierno sale victorioso, pero no necesariamente fortalecido. Ha aumentado su autoconfianza, pero los problemas que causaron el estallido siguen, de hecho empeoran. Sigue sin haber gasolina, sigue sin haber dólares, y el tipo de cambio flotante aumenta la inestabilidad de los hogares. No existe salida para las masas dentro del capitalismo: solo mayor empobrecimiento. Esto mismo es lo que garantiza que en un futuro no muy lejano las masas nuevamente se vean obligadas a levantarse contra sus condiciones de existencia.

El capitalismo a nivel mundial está en una crisis cada vez más profunda, con proteccionismo, guerras que destruyen delicadas cadenas de suministros, un conflicto interimperialista cada vez más agudo entre China y EEUU que amenaza particularmente a América Latina, y una economía al borde de una profunda depresión, con abundancia de factores que podrían desencadenarla. A pesar de las apariencias, Bolivia no está aislada del resto del mundo, de hecho, al depender de la exportación de materias primas, tiene una economía profundamente atada al mercado mundial. También en el plano de la lucha de clases, está interconectada. La movilización de las masas tuvo un impacto en luchas contra gobiernos de ultraderecha en Argentina, Chile y otros. No queda para nada descartado que la tortilla pueda volcarse acá.

A nivel mundial, la clase capitalista busca hacer sangrar a los pobres y trabajadores para hacerlos pagar por la crisis de su sistema. Las soluciones reformistas ya no son posibles en esta nueva época en la que entramos. Solo la lucha despiadada de clases ofrece la posibilidad de cualquier mejora. Esta lección será aprendida con dolor, pero tarde o temprano impulsará a las masas nuevamente al camino de la lucha, porque no existe otro.

Si queremos que la próxima vez no termine en derrota, debemos absorber esta lección central: A las masas bolivianas no les falta capacidad de movilización, no les falta coraje o capacidad de lucha. Les hace falta una dirección política a la altura de su heroísmo. No caerá del cielo, y nadie la construirá por nosotros, así que debemos redoblar los esfuerzos: la historia avanza y no desperdicia nada, no podemos quedarnos atrás.