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El callejón sin salida del capitalismo boliviano

Este documento fue escrito para el Congreso Nacional del Núcleo Comunista Revolucionario, llevado a cabo en el fin de semana del 19 al 21 de junio en Cochabamba. Después de una discusión, fue aprobado unánimemente, con lo cual lo publicamos ahora en su totalidad, considerándolo un texto fundamental para orientar la actividad de los comunistas revolucionarios.


Bolivia se encuentra ante un nuevo escenario, una nueva etapa histórica después de los años del Movimiento al Socialismo, marcada por una crisis capitalista que se ha hecho sentir como se siente el agua helada de un baldazo. Esta crisis a su vez lleva a conflictos cada vez más agudos, como las movilizaciones contra el DS 5503, o las más recientes movilizaciones que ya piden la renuncia del presidente Rodrigo Paz. Frente a estas gigantescas movilizaciones de masas, remarca la ausencia de cualquier organización política capaz de dar voz y cohesión al movimiento. Para poder trazar nuevamente el rumbo, es fundamental entender cómo hemos llegado al momento actual.

El MAS ha dejado un espacio vacío gigantesco en el escenario político actual. Después de 20 años en los cuales tuvo una dominancia política en todo el país, terminó dividido en bandos opuestos, llevando al caos a todas las organizaciones sociales afines a este y lo más importante perdiendo el apoyo de las masas populares, que en su momento había sido tan fuerte. 

Para entender qué salió mal, es necesario entender cómo llegó al poder el MAS. Surgió del movimiento revolucionario de las guerras del agua y del gas. Movimiento que en su momento álgido llegó a lograr la renuncia del presidente Gonzalo Sanchez de Lozada. Con tal poder en las manos de los trabajadores, la posibilidad de acabar con el capitalismo en Bolivia se hizo realidad, pero la falta de un partido revolucionario consecuente para dirigir a las masas hacia la toma del poder y con ello lograr la abolición del capitalismo, significó la apertura del espacio para un proyecto reformista, que devolviera la legitimidad al Estado burgués, rescate al capitalismo, y de paso otorgue ciertas mejoras en las condiciones de vida.

De esta manera el MAS se alzó entre las masas y con ellas ganó las elecciones de 2005. El MAS con Evo Morales a la cabeza en su momento álgido prometía cumplir con las exigencias históricas de las masas de campesinos y trabajadores: soberanía de los recursos naturales, la industrialización del país y la expulsión del imperialismo, todo sin romper con el capitalismo. Pero para cumplir estas promesas es necesario romper con el capitalismo de forma total. El MAS nunca se planteó esto, más bien intentó lograr su programa en el marco del sistema capitalista, a través de múltiples y constantes reformas, el llamado Proceso de Cambio. Finalmente, después de 20 años, esta política reformista solo tuvo como resultado mejoras parciales o superficiales en las condiciones de vida, que como conquistas dentro del sistema capitalista, pueden ser arrebatadas en periodos de crisis. Las reivindicaciones del período revolucionario quedan aún incumplidas, como vemos con la feroz lucha de clases que existe en el momento en el país.

El fundamento de esta idea reformista de que dentro del capitalismo se podía lograr solucionar los problemas fundamentales de Bolivia tiene su origen en el modelo económico denominado «capitalismo andino-amazónico». Este modelo, nacido de la teoría del expresidente Álvaro García Linera, sostiene que, en Bolivia no existen las condiciones materiales para instaurar el socialismo, haciendo necesaria una larga etapa previa de desarrollo capitalista. Esta es en esencia una teoría etapista: sostiene que un país atrasado debe pasar primero por una revolución democratico-burguesa para, tras un prolongado desarrollo capitalista, estar recién entonces en condiciones de pensar en socialismo. El etapismo, que representa una interpretación y aplicación mecánica y superficial del análisis de Marx, falla en cada lugar donde se lo aplica. Al final, el capitalismo no se desarrolló plenamente y el socialismo nunca se planteó como horizonte real. El problema actual no es uno de esperar a que maduren las condiciones para el socialismo, sino construir el partido revolucionario que hará posible la toma de poder de los trabajadores en el país.

Después del golpe de 2019, el nuevo gobierno de Luis Arce en 2020 el programa planeaba continuar con las políticas del MAS hasta el 2019, en este caso no hubo promesas radicales ni esperanzadoras, solo el compromiso de continuar con el Proceso de Cambio. Pero esta vez no contaban con la base material para asegurar las reformas, lo que significó que el MAS lentamente tuvo que empezar a ser gerente del capitalismo decadente boliviano, poco a poco perdiendo popularidad desde 2014, cuando se cerró el superciclo de las materias primas. En 2016 perdieron el referéndum sobre la reelección en parte debido a esto. Para 2022, las reservas internacionales empezaron a agotarse y la escasez de divisas se empezó a sentir, con un alza del precio del dólar paralelo que alcanzó 20 Bs, precio que oficialmente estaba fijado en 6.96 Bs.

En este contexto de deterioro de la base material sobre la cual el MAS se erigía es que se da una fractura interna del partido. Se dio una pugna entre las facciones de Luis Arce y Evo Morales, una pugna que no respondía a diferencias ideológicas o políticas, porque en sí las políticas e ideales eran los mismos: el reformismo, un reformismo que había alcanzado sus límites. Límites impuestos por la crisis del capitalismo, que al final siempre termina siendo también la crisis del reformismo. La disputa era simplemente burocrática, por el control del aparato estatal, de los tribunales y del partido rumbo a las elecciones de 2025. La división del partido y del movimiento popular del MAS en dos bandos opuestos que defendían proyectos vacíos terminó por desorientar a los trabajadores y campesinos.

Esta profunda crisis interna se evidenció en las elecciones de 2025, en las cuales el MAS como partido, que en su momento obtenía más de un 50 %, apenas obtuvo un 3.14% en las urnas, aunque si se le suma los votos de Andrónico Rodríguez y los votos nulos impulsados por Evo Morales, el bloque electoral “de izquierda” seguía siendo el más grande. De todas formas, con esto se dio un fin a un periodo de total dominación política por un solo partido. Después de veinte años las promesas del partido se ven incumplidas: el país está condenado a una crisis inminente, la pobreza y el subdesarrollo no se eliminaron, no se industrializó el país, el imperialismo chino está presente en Bolivia, el estadounidense está volviendo al país y cada día que pasa se van quitando las conquistas obtenidas en el periodo de reformas.

Ahora las masas se ven obligadas a entrar a la lucha para defender lo conquistado frente a las arremetidas del capital, pero no existe una organización que permita una unidad programática de las luchas, con un horizonte que trascienda el capitalismo. Que a final de cuentas jamás será capaz de desarrollar el país.

La COB

La Central Obrera Boliviana (COB), que en muchos momentos de la historia fue la máxima representación del movimiento obrero sindicalizado, ya no es esa organización revolucionaria que en ciertos momentos de la historia podría haber tomado el poder de forma contundente y acabar con el capitalismo en Bolivia, aunque nunca se atrevió a dar ese paso.

La constante carencia de una dirección revolucionaria en la COB ha dejado un acumulado de oportunidades perdidas, como ocurrió en 1952 y, más recientemente, en 2003. Son episodios de lucha, sangre y sacrificio que nunca se han traducido en un cambio verdadero en las condiciones de vida de los obreros y campesinos del país. Sin embargo, el potencial revolucionario de toda la clase obrera, y en especial de las bases de la COB, sigue presente y palpitante; un potencial que, encauzado en un movimiento organizado, tiene la fuerza de llevar al proletariado al poder.

Para encauzar el potencial de los obreros que son parte de la COB se tienen que recuperar las tradiciones de lucha y la total independencia de clases. En dos décadas de hegemonía del MAS las organizaciones obreras y campesinas fueron cooptadas y subordinadas a este partido, años en los cuales la dirigencia de la COB se limitó a solamente obedecer y defender al MAS, en los cuales la COB y el movimiento sindical fueron totalmente puestos a merced del ministerio de trabajo. Situación que llevó a casos como el del dirigente Juan Carlos Huarachi, que se llegó a prorrogar por más de 6 años en el ejecutivo, esto gracias al apoyo del gobierno del MAS. Mientras la COB se la pasaba defendiendo al proceso de cambio, algunos sectores obreros y campesinos seguían sin ver cambios reales, e intentando movilizarse para exigir al gobierno soluciones a su situación, terminaban siendo acallados por la COB que, en teoría siendo la organización por excelencia de lucha revolucionaria contra el estado, había perdido la independencia de clase.

Una representación clara del estado en el que se encuentra el nivel político y nivel organizativo de la COB puede ser visto en los congresos nacionales y ampliados de esta. Primeramente porque sus contenidos políticos y resoluciones son de difícil acceso y no son socializados entre los obreros. Estos eventos no están dispuestos a democratizar las decisiones ni a escuchar el mandato soberano que viene desde abajo. La cúpula sindical transformó estos eventos, que antes eran trincheras de debate ideológico avanzado, en simples salones de respaldo cerrado a las prebendas estatales. En lugar de estructurar paros generales como verdaderos métodos de lucha y confrontación de clases, la burocracia los utiliza de manera oportunista como simples monedas de cambio. Convocan a las masas para presionar temporalmente al gobierno de turno, buscando únicamente sentarse a espaldas de los trabajadores en una mesa de negociación para pactar qué limosnas o concesiones están dispuestos a recibir.

Esta desconexión absoluta provoca que los congresos aprueben tesis políticas completamente vacías que no responden a las necesidades reales ni ofrecen una salida socialista a los males del sistema, terminan por cansar y desmovilizar a sectores estratégicos como el fabril, el minero corporativo y el magisterio que terminan fragmentados y peleando batallas aisladas frente a los abusos patronales.

La asimilación de la COB al aparato gubernamental burgués dejó al descubierto las contradicciones del modelo reformista. A pesar de los discursos oficiales que celebraban una supuesta «bonanza», la realidad material es que el salario real promedio del sector privado se estancó prácticamente a los mismos niveles de 2005 , mientras que un alarmante 85% de la población se mantiene en el sector informal de la economía, sin seguridad ni protección laboral alguna. La cúpula cobista prefirió callar ante esta precarización crónica de las mayorías y la entrega en bandeja de plata de nuestros recursos estratégicos, como el litio, mediante contratos que abren la puerta al saqueo y endeudamiento imperialista, demostrando la traición inherente al reformismo, ya que este siempre renuncia a romper con las leyes del capital.

Ahora, tras dos décadas, el balance del período del MAS y las consecuencias de su política saltan a la vista, dejando profundos estragos en el movimiento sindical obrero y campesino. El resultado ha sido el desarme político de las bases, la dirigencia incapaz de dar claridad a la lucha y la desarticulación de los movimientos sociales, hoy fragmentado en facciones debido a la propia ruptura y descomposición interna del masismo. Todo este escenario de dispersión allanó el camino para que la derecha, encarnada por Rodrigo Paz y Edman Lara, llegara a la presidencia y vicepresidencia respectivamente. Tras el agotamiento de la ilusión reformista, finalmente se ha presentado el crudo castigo de la crisis estructural del capitalismo.

En este nuevo escenario ya no existe el colchón amortiguador del MAS para que la dirección de la COB se apoye en él; la COB se encuentra sola frente a su destino. Ahora, será implacablemente exigida por sus propias bases y por las masas empobrecidas del país a recuperar su papel histórico y su estricta independencia de clase. Este fenómeno de presión desde abajo ya se manifestó nítidamente en la reciente movilización por la abrogación del Decreto Supremo 5503, donde la combatividad de las bases obligó a la cúpula sindical a salir a las calles. El mismo escenario de radicalización marcará el próximo período, como lo demuestran las marchas, huelgas y bloqueos que se han desencadenado con fuerza tras el Día del Trabajo de este año 2026.

Ante esta situación de extrema exigencia, la actual dirigencia de la COB está obligada a ir muchísimo más allá de los pactos con el gobierno de los «dirigentuchos» del período masista. La solución a los problemas urgentes que acechan a las masas ya no pasa por la concertación, sino por la capacidad de la dirección para guiar y encauzar estas movilizaciones hacia un movimiento revolucionario genuino que se plantee terminar de raíz con el sistema capitalista.

Para lograrlo, los trabajadores no se encuentran desprovistos de armas de combate; al contrario, cuentan con la herramienta más poderosa: la teoría política. A lo largo de la historia de la lucha de clases en Bolivia, la teoría ha acumulado las lecciones y experiencias más valiosas para el proletariado contemporáneo, eventos fundamentales como la Tesis de Pulacayo de 1946 redactada por la vanguardia minera y la experiencia de dualidad de poder de la Asamblea Popular de 1971.

Es precisamente con este arsenal teórico y organizativo que las masas deben responder a la ofensiva de la burguesía y de un Estado que no dudará en descargar la crisis sobre las espaldas del pueblo. Hoy, el momento histórico exige revitalizar esas tradiciones revolucionarias que antaño le dieron a la organización el poder de cambiar la historia, transformando las calles, las huelgas y los bloqueos en el inicio de la derrota definitiva del capitalismo en suelo boliviano.

La Naturaleza de la Burguesía Boliviana y su Democracia

La tremenda tradición de lucha de la clase obrera boliviana ha perdurado a pesar de todos los años de gobierno oligárquico, de dictadura, de neoliberalismo e incluso de gobierno reformista. Es una clase que a pesar de todos los reveses, traiciones y pérdidas por las que ha pasado, nunca pierde realmente el norte de la realidad y comprende la importancia de la lucha de clases en un nivel instintivo. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Hay algo que diferencie fundamentalmente al pueblo boliviano (es decir, campesinos y proletarios) de los trabajadores de otros países? La ventaja del materialismo histórico es que nos libra de la carga de tener que especular para poder llegar a las respuestas de preguntas complejas como esta.

El sector decisivo del proletariado boliviano siempre han sido los mineros. No importa en qué parte del mundo uno se encuentre, la minería es un trabajo brutal. Día tras día los trabajadores de la mina se enfrentan a condiciones muy duras y peligrosas, empeoradas aún más por la explotación capitalista a la que están sujetos. De estas condiciones surge casi invariablemente una tradición de lucha y unidad muy fuerte, que se ha transmitido de generación en generación.

Adicionalmente, en Bolivia la opresión de clases y la opresión racial están entrelazadas desde antes de la fundación del país. Ya en la época de la colonia gigantes como Tupak Katari o Bartolina Sisa lideraron movimientos gigantescos en contra de su opresión. Este pasado heróico es parte de la cultura de los pueblos del país, y alimenta su espíritu de lucha hoy.

Sin embargo, también está la naturaleza de nuestra burguesía. Una clase dominante raquítica, incapaz de gobernar, oportunista y parasitaria incluso para los estándares de sus homólogas de otras naciones. Este hecho obligó a las masas a darse cuenta desde muy temprano de que prácticamente nada cambiaría en el país de no ser por la presión ejercida por los métodos de la lucha de clases.

Como se explica en la teoría de la Revolución Permanente aplicada a nuestro país, la burguesía boliviana nunca fue capaz de llevar a cabo tareas históricas como la construcción de un mercado nacional. Nunca desarrolló las fuerzas productivas significativamente, no llevó a cabo la reforma agraria, y además, a pesar de múltiples intentos de articular un plan de desarrollo común, incluso desde la vía militar, fracasó estrepitosamente. El rasgo más distintivo de la burguesía boliviana es su nacimiento y sostenimiento en el seno de la hacienda feudal. A diferencia del caso europeo clásico, donde la acumulación originaria implicó la expulsión masiva de campesinos para crear un proletariado industrial, en Bolivia el proceso fue distinto en un aspecto fundamental, y es que, la riqueza inicial para el capitalismo no provino de la industria, sino de la renta feudal de la tierra. Los primeros grandes comerciantes y, posteriormente, los barones de la plata (como Gregorio Pacheco), eran latifundistas que utilizaron los excedentes extraídos de sus haciendas (a través de relaciones de servidumbre como el pongueaje) para incursionar en el comercio y la minería.

Lejos de unificar el país, el desarrollo del capitalismo extractivista profundizó la dispersión territorial. No existió una coordinación entre la élite minera del occidente y las élites del interior, característicamente caudillistas en el siglo XIX. El colapso de las redes comerciales coloniales y la construcción de ferrocarriles que conectaban las minas con los puertos chilenos (no entre regiones bolivianas) destruyeron economías regionales enteras, como la de Cochabamba. El resultado fue un Estado débil, sin bases nacionales sólidas, permanentemente cuestionado y presionado incluso por las élites locales. Esta fragmentación es algo que se arrastra hasta el presente, con un occidente minero de “sede política”, y un Oriente agroindustrial cuyos representantes no tardan en demostrar su más profundo rechazo ante cualquier intento de un plan económico articulado para el país.

Entonces, si el Estado Boliviano nunca fue capaz de responder a las necesidades del desarrollo del capitalismo en Bolivia ¿Qué rol jugó?. Pues el de la centralización de la violencia. El Estado siempre fue el ejecutor de las tareas necesarias para mantener la estabilidad necesaria para la supervivencia del capital. Esto se demuestra en las brutales represiones y masacres a los movimientos obreros, desde las leyes de exvinculación de Tierras de finales del Siglo XIX, pasando por las masacres mineras como Uncía, Catavi, San Juan, las matanzas de la época de las dictaduras que iban no solo dirigidas a los obreros sino a los intelectuales pequeñoburgueses y líderes políticos de la izquierda, hasta sucesos más recientes como Huayllani el 2019 y los asesinatos de por lo menos cinco personas en los más recientes conflictos. La democracia boliviana se edifica sobre este suelo original de despojo y masacre, lo que la hace inherentemente inestable y contestada.

Otra característica aparte de la violencia estatal ejercida ante los movimientos obreros es el racismo de la clase dominante boliviana. Para entender este fenómeno tan marcado que penetra en la mente de la mayoría de las personas, no nos basta con ideas superficiales como “el regionalismo” o “diferencias culturales”. Debemos entender el racismo y todas las otras formas de división como una herramienta fundamental del capitalista boliviano para poder mantener el control. El oligarca necesita de la división y fragmentación del pueblo para sobrevivir, de la lucha entre “oriente” y “occidente”, entre el mestizo y el indígena, entre el ciudadano y el campesino. Solo así puede mantenerse (temporalmente) protegido de lo que significaría una unión entre las masas empobrecidas, que son quienes realmente hacen funcionar el país. Una unión de este calibre, fundamental para la revolución socialista, se traduciría en “días contados” para estos caballeros que han saqueado el país desde tiempos coloniales. 

Y es que esta es una de las características principales de la democracia burguesa boliviana: La forma política que adopta el dominio de una clase dominante débil, que necesita restringir a la ciudadanía, usar la violencia estatal de manera regular y apelar a mecanismos de exclusión étnica y regional para perpetuar su control económico. Lejos de ser un accidente, la fragilidad de la democracia burguesa es una cualidad estructural derivada de su incapacidad para gobernar realmente la sociedad boliviana. Las formas democráticas occidentales como el parlamentarismo, aún con todos los problemas que las caracteriza ahora, son un logro de años de lucha, no de la burguesía ni terratenientes ¿por qué la necesitarían ellos si desde la independencia tenían el absoluto poder político?, sino de movimientos obreros e indígenas que son quienes hicieron realmente posible la integración de las masas a la política a inicios de este siglo. Sin embargo, en el periodo actual nos encontramos en una crisis donde Rodrigo Paz, el representante de la burguesía desesperada de retomar su absoluta hegemonía del poder Estatal, está intentando de todo para nuevamente excluir a las bases de la toma de decisiones sobre el rumbo que tomará el país. Ante esta actitud tan patética, los comunistas respondemos: Si los burgueses bolivianos no son ni siquiera capaces de gobernar en su propio sistema económico, ¡Que perezcan!.

El sistema económico de la burguesía boliviana

Los problemas de la economía boliviana son estructurales. El MAS se planteó sacar al país de su pobreza, y si bien obtuvo ciertos resultados positivos, podemos decir que, al no tocar la base fundamental de la economía capitalista: la gran propiedad privada, se trató más de combatir ciertos síntomas del capitalismo boliviano. Lo que es más: los medios usados para combatir estos síntomas no son sustentables a largo plazo. Lo que hizo el MAS en realidad fue una nacionalización parcial del gas, en un momento de auge de sus precios, y la utilización de esa renta para la aplicación de programas sociales – cuando se terminó la plata, se terminó el proyecto, y con el nuevo gobierno ya vemos cómo están siendo desmanteladas las conquistas de la época masista.

Entonces, ¿el nuevo gobierno mejorará las cosas? No. Resultará en una mayor profundización de nuestra condición de pobreza y dependencia, mientras al mismo tiempo facilita el enriquecimiento principalmente de empresas monopolistas extranjeras y de un pequeño sector en la cima de la sociedad boliviana: esa burguesía nacional raquítica que actúa como fiel agente del imperialismo en el país.

Marx explicó que la única justificación histórica del capitalismo es el hecho de que desarrolla las fuerzas productivas, sentando las bases para el socialismo. A nivel mundial esto se ha dado. Sin embargo, ¿cuánto de ese avance es visible en Bolivia?

En realidad, el capitalismo no ha desarrollado Bolivia: más bien estanca su avance. En su lugar, tenemos una situación en la que la riqueza del país, fundamentalmente en la forma de materias primas, es drenada hacia afuera y todos los bienes de consumo mínimamente industriales deben ser importados: según datos del INE, las industrias extractivas (gas y minería) representan alrededor del 62% de las exportaciones, con los productos agrícolas siendo otro 18%. A su vez, el 87,6% de las importaciones consiste en productos elaborados y bienes de capital. Esta configuración, y las actitudes que la acompañan, son conocidas generalmente como extractivismo.

El punto clave a comprender sobre el extractivismo es que este no es meramente una decisión miope de políticos y economistas estúpidos. El extractivismo es el modo específico de existencia y funcionamiento del capitalismo en Bolivia. Los políticos que persiguen políticas extractivistas no lo hacen por tontos, ciegos o corruptos, aunque indudablemente todos estos aspectos también están presentes. Los motivos detrás son mucho más profundos – de carácter estructural.

Esto se puede ver con la mayor claridad al analizar el periodo MASista. Durante los gobiernos del MAS, particularmente el de Evo Morales, existía una verdadera prerrogativa de industrializar el país. Se dieron diversos intentos de impulsar el desarrollo de una industria nativa en diferentes sectores de la economía, cada uno con mayor o menor éxito (el litio, los automóviles eléctricos Quantum, la úrea, la azucarera de San Buenaventura, etc.). Sin embargo, se puede decir claramente que incluso los experimentos más exitosos no hicieron mucho para alterar fundamentalmente el carácter de la economía del país. El tipo específico de materia prima a exportarse en nada cambia la naturaleza fundamental del asunto. Durante la hegemonía del MAS, se trataba principalmente de la exportación de hidrocarburos, que trajeron ingresos sin precedentes al Estado. Algunos se quejan de que no fueran usados para desarrollar el país; la realidad es que bajo el capitalismo esto era y es imposible. 36. En su lugar, fueron invertidos en programas sociales e infraestructura que elevaron el nivel de vida de grandes capas de la población. De esta manera se estableció la base material para un período inigualado de (relativa) estabilidad política y social. La juventud de hoy creció en esa época. Mas bajo el capitalismo esto jamás habría podido durar, ya que no estaba basado en una base económica-industrial sólida, sino en los precios momentáneamente altos de ciertas materias primas exportadas al mercado mundial.

Bajo el capitalismo, lo que manda son las ganancias de los capitalistas, y la tarea fundamental del Estado, sin importar quién esté al mando, es garantizar el flujo de estas; si las ganancias se reducen demasiado, los capitalistas dejan de invertir y la economía entra en crisis. Períodos de bonanza pueden permitir al Estado realizar gastos adicionales, pero fundamentalmente el sistema sigue igual.

Aquí entramos entonces al extractivismo, es decir la forma específica en la que los capitalistas bolivianos generan sus ganancias. Antes de profundizar en sus características hoy, es necesario esbozar brevemente su origen. Durante la colonia, toda la riqueza del continente era drenada para ir directamente al tesoro de la corona española, que posteriormente la usaba para comprar mercancías de las nacientes naciones capitalistas (Flandes, Reino Unido). En ese sentido, la plata de Potosí fue fundamental para impulsar el desarrollo inicial del capitalismo. Sin embargo, ya en ese momento, ni Potosí ni el resto de las colonias se beneficiaron de la explotación de sus riquezas. En este contexto es que se dieron las luchas por la independencia, que sacudieron el yugo colonialista, y colocaron en el poder a la oligarquía criolla, que no buscaba poner fin a la explotación del continente: quería recibir una mayor parte del botín.

De esta manera se sentaron las bases de los Estados-Nación capitalistas que existen hoy en Latinoamérica, con  economías fundamentadas en la explotación de materias primas y su exportación hacia el mercado mundial.

El capitalismo siempre se basa en la explotación de la fuerza de trabajo: los capitalistas les pagan a los trabajadores un sueldo para que trabajen por cierto tiempo cada día, y en este tiempo la clase obrera genera más valor que el que reciben en su salario. La diferencia entre este valor creado y el valor del salario es el plusvalor, y este es el origen de las ganancias de la clase capitalista. Esto es común al capitalismo en todos los países del planeta, sin embargo, para realizar sus ganancias, los capitalistas deben vender lo producido, y la cuestión de dónde se vende puede ser de importancia considerable.

La mayoría del ciclo de los capitales bolivianos existe fuera del país: la compra de maquinaria requerida para extraer los recursos se da afuera, y los recursos extraídos se venden en el mercado mundial. De esta manera ni siquiera es necesario para los capitalistas bolivianos desarrollar un mercado interno sólido capaz de absorber sus productos. La existencia de un robusto mercado de consumidores dentro del país no figura en los cálculos de la burguesía. La dependencia del mercado mundial es absoluta y sistémica. El único papel relegado a la población boliviana es la de suministrar la fuerza de trabajo necesaria. Debido a la naturaleza de las industrias extractivas, la demanda de trabajo por parte del capital es reducida, y las condiciones laborales por lo general son precarias. En torno a este eje central de la economía se articulan industrias auxiliares (fabriles) que se dedican a suplir ciertos bienes de capital básicos y producir los medios de subsistencia más elementales para la reproducción de la clase obrera, aunque incluso en el área de los productos básicos de la canasta familiar existe una dependencia a la producción extranjera.

En la división mundial del trabajo, no hay espacio para productos elaborados de origen boliviano: el capital transnacional arruina y absorbe la producción nacional con la que compite. La omnipresencia de Coca Cola, Nestlé y Toyota (aunque BYD también marca cada vez más presencia) sirven como solo algunos ejemplos cotidianos de este hecho.

Resultado de estas dinámicas es un gigantesco «ejército industrial de reserva» que sirve para reducir masivamente los salarios, y de esta manera también frenar la adopción de métodos avanzados de producción en diversas esferas de la economía, manteniendo bajísima la productividad del trabajo en el país. Sin embargo, la medida en la que se puede hablar realmente de un verdadero ejército industrial de reserva es limitada. Marx lo definió como resultado del violento movimiento del proletariado de un ramo a otro de la industria para satisfacer las necesidades de acumulación del capital. Ya que estas necesidades son variables en el tiempo y en cada esfera individual de la producción, el resultado es que siempre existe un sector desempleado de la población, que no obstante está presto a ser reabsorbido en el proceso de producción capitalista, siendo su lugar en las filas de este ejército reemplazado por otros proletarios desafortunados. Sin embargo, en Bolivia lo que tenemos es más bien que el capital desplaza y despoja constantemente a amplios sectores de la población, sin que exista una necesidad de reabsorberlos. Resultado de esto es una enorme economía informal, donde las personas se ven obligadas a ganarse la vida día a día en condiciones de extrema incertidumbre. En la práctica lo que se tiene no es el ejército industrial de reserva, sino las masas empobrecidas del pueblo. Este es el verdadero origen de la economía de las PyMEs y el emprendedurismo; lejos de ser una señal de dinamismo en la economía, revela su profunda podredumbre.

De esta manera, el capitalismo mantiene a Bolivia en un estado permanente de pobreza y atraso.

La extracción de las materias primas está además articulada con el imperialismo: grandes empresas multinacionales ingresan al país, y explotan los RRNN que después pasan a formar parte de cadenas de producción en el exterior. En su explotación, a estas empresas lo único que les interesa es lucrar lo más posible, sin preocuparse por las condiciones laborales o las protecciones ambientales. En este proceso, la burguesía boliviana actúa como facilitadora, o a veces como eslabón intermedio entre las grandes multinacionales y los recursos del país. De esta manera facilitan el saqueo, y a cambio reciben una parte del botín, que posteriormente usan para especular, comprarse bienes de lujo o acaparar en el extranjero.

El Estado necesita dólares para mantener la estabilidad macroeconómica e importar bienes. La única forma de obtener estas divisas es mediante la exportación de materias primas, recaudando más o menos dependiendo del sector específico (el gas y las industrias nacionalizadas beneficiando más, la agroindustria y la minería cooperativista beneficiando menos). La dramática caída de los ingresos del sector hidrocarburífero obliga al Estado a pactar con la burguesía agroindustrial del Oriente (el «agropoder») y con las cooperativas mineras, otorgándoles concesiones territoriales, subsidios al combustible y normativas ambientales laxas a cambio de mantener el flujo de ingresos al erario nacional.

Sin embargo, se tiene la contradicción de que, para producir más, la burguesía quiere la mínima cantidad de interferencia estatal posible (bajos impuestos, eliminación de los controles de exportación), reduciendo los ingresos al Estado. Si este trata de interferir más para recaudar más, los capitalistas reducen su producción u ocultan sus ganancias con doble contabilidad o usando paraísos fiscales en el extranjero. Como mencionamos, la burguesía boliviana no tiene muchos incentivos para reintroducir su dinero a la economía nacional. Luis Arce aprendió esto a la mala en los últimos años de su gobierno, cuando liberalizó las exportaciones de productos agrícolas a cambio de que los capitalistas agroindustriales repatriaran sus divisas (con cero impuestos). La oligarquía dio las gracias por la liberalización, pero no cumplieron con su parte del acuerdo.

Así, el sector agroindustrial y el sector cooperativista adquieren cada vez más poder en el país, que usan para velar por sus intereses. El sector agroindustrial tiene su origen en el latifundio, y se compone de elementos oligárquicos que por mucho tiempo han gozado de enormes privilegios, y una fuerte representación política que han usado a su favor. Dado el carácter incompleto de las reformas agrarias que se han dado a lo largo de la historia del país, esta oligarquía monopoliza la inmensa mayoría de la tierra en sus manos. En 2008, el 0,64% de los poseedores de tierras eran dueños del 66% de la tierra, mientras que el 86% de las granjas individuales, muchas de ellas compuestas por familias campesinas pobres, apenas poseían el 2.4% de la tierra. La falsa reforma agraria de la CPE de 2009 garantiza que esta situación se ha mantenido igual, o incluso ha empeorado, pero hoy en día es incluso más difícil conseguir información fidedigna al respecto, dado que muchos latifundistas utilizan los llamados “palos blancos” para extender su territorio.

Asimismo, estos oligarcas son dueños de los principales medios de comunicación del país (Red UNO, Unitel, El Deber), que utilizan para influenciar la opinión pública y difundir su punto de vista, fuertemente marcado por un racismo heredado desde los tiempos de la colonia.

El sector cooperativista podría considerarse un grupo que recién en las últimas décadas ha surgido en el escenario nacional. Las cooperativas originalmente fueron un método de supervivencia de los trabajadores mineros después de la masacre blanca de los 80s. Los mineros se organizaban en pequeñas cooperativas y explotaban minas de baja calidad con la indumentaria más rústica posible. Sin embargo, con los años, la dinámica capitalista se ha establecido fuertemente en el sector, al punto de que hoy en día la cooperativa no es mucho más que una máscara para la empresa privada, que se beneficia de los casi inexistente impuestos que por ley son un privilegio de las cooperativas. Sin embargo, bajo las federaciones de cooperativas se siguen organizando todos los cooperativistas, sean capitalistas o jornaleros, lo que les da a los capitalistas en la cima un peso fuerte en la política del país, al poder movilizar a sus bases para defender sus intereses en las calles, ya que tienen poca representación en las instituciones del Estado. Una tarea fundamental del movimiento obrero en el período futuro es dividir a las cooperativas en líneas de clase.

Como los capitalistas no tienen motivo para repatriar la gran mayoría de sus ganancias, el Estado pierde una importante fuente de divisas y se ve en dificultades para cubrir sus gastos, que tienen que ser cubiertos con créditos. Esto coloca en manos de los imperialistas una herramienta más para estrangular y exprimir cada último centavo de riqueza del país.

De esta manera el imperialismo se revela como nada más que el capitalismo en su fase monopolista internacional, donde el capital financiero domina la vida de los proletarios de todo el mundo, y de países enteros.

Y ahora: ¿cómo se articula Bolivia dentro de este escenario imperialista mundial?

Posición Internacional de Bolivia

Bolivia ocupa el último eslabón de la cadena imperialista mundial, jugando el rol de mero exportador de materias primas dentro de la división mundial del trabajo, como ya vimos. Esto ha sido aprovechado históricamente por diversas potencias imperialistas. Primero el Reino Unido en el Siglo XIX, EEUU en el Siglo XX, y desde principios de este siglo empezó a desarrollarse un fuerte giro hacia China.

El declive relativo de EEUU, y el correspondiente auge de China abrieron un espacio para que países como el nuestro buscaran relaciones comerciales más provechosas, pero sin alterar fundamentalmente su economía, liberándose en diversos grados de la cadena yanqui, para cambiarla por una cadena Made in China.

La entrada de China al capitalismo y su apertura al mercado mundial desde la década de los noventas introdujo un factor totalmente nuevo a la ecuación. El vertiginoso desarrollo de la economía china supuso una gigantesca demanda de materias primas de todo tipo. A su vez, emergió una oleada gigantesca de mercancías baratas que el capitalismo chino necesitaba exportar, y Sudamérica se volvió uno de sus principales mercados de exportación, donde la capacidad adquisitiva limitada de la población de estos países significó que los baratos productos chinos eran mucho más atractivos que los europeos o estadounidenses.

De esta manera China se estableció fuertemente en Sudamérica, bajo las narices de Estados Unidos.

El MAS se benefició de esta situación, además de estar políticamente más alineados con el PCC. Siguiendo la tendencia de todo el continente, China se convirtió en el principal socio comercial de Bolivia. El gigante asiático exporta mercancías elaboradas y capital hacia Bolivia, y Bolivia exporta materias primas y productos agrícolas como la carne de res. En total, el 24% de las importaciones de Bolivia tienen su origen en China, y el 23% de los productos exportados van hacia China.

En comparación, sólo entre el 3% y el 4% de las exportaciones bolivianas van a EEUU. Las importaciones son mayores, alrededor de 9%, sin embargo, aproximadamente la mitad de estas consiste simplemente en petróleo refinado.

Entonces vemos que los lazos económicos con China son mucho más fuertes que aquellos con EEUU. En el pasado esto también se veía reflejado en la orientación política del país. Sin embargo, con la llegada de Rodrigo Paz esto ha empezado a cambiar. Además, desde que Donald Trump entró a su segundo mandato, ha desarrollado una política de reconquistar su «patio trasero», eliminando a los «actores no hemisféricos» – es decir: China. Bolivia, al igual que toda la región latinoamericana, se está convirtiendo en una arena de lucha entre las dos grandes potencias imperialistas del mundo. Pero destronar a China de la posición que ha conquistado en las últimas dos décadas podría resultar más difícil de lo que se imaginan los imperialistas del norte.

En esta complicada tarea, los Estados Unidos tienen un fiel aliado en la burguesía nacional boliviana y sus representantes políticos, que ya tienen una tradición tan arraigada de sumisión al imperialismo yanqui que es casi un instinto. La llegada de Rodrigo Paz al poder ejemplificó esto de una manera casi perfecta: las primeras llamadas que tuvo al ser electo fueron con el canciller de Israel y con María Corina Machado. Además, empezó a acercarse a las organizaciones financieras del imperialismo estadounidense, como el FMI y el BID. Ni mencionar su participación en el Escudo de las Américas, un organismo creado específicamente para contrarrestar la influencia de China en el continente. Esta sumisión se puede entender también reconociendo nuevamente el carácter extremadamente débil de la burguesía boliviana, que por la mayoría de su historia gobernó a través del fusil. Aquellos períodos de democracia burguesa consistieron en democracia apoyada sobre las bayonetas del imperialismo. La única excepción es el gobierno del MAS, que pudo apoyarse en la bonanza económica. Ahora que la bonanza desapareció, la burguesía nuevamente requiere el apoyo del imperialismo. A pesar de las fuertes relaciones económicas, China como potencia es mucho más reacia a intervenir en los asuntos internos de otros países, a diferencia de los EEUU, que son fanáticos de la intervención, y por lo tanto siguen siendo un pilar de apoyo más sólido para las burguesías de toda la región.

En el contexto de agudización de los conflictos interimperialistas a nivel global, el acercamiento a una de las potencias significa el alejamiento de la otra. Pero, ¿qué sucede cuando la orientación política choca con las relaciones económicas? Javier Milei ya tuvo que enfrentarse a esta cruda realidad cuando ascendió al poder en Argentina. Durante la campaña había despotricado violentamente contra China, tildándola de comunista y asegurando que rompería todas las relaciones con el país si ganaba las elecciones. Sin embargo, esto demostró ser imposible, ya que el mercado chino es clave para las exportaciones de carne de los terratenientes argentinos. Por otro lado, cualquier intento de empezar a exportar principalmente a EEUU chocaría con la resistencia de los ganaderos estadounidenses, que son uno de los sectores de los que Trump consigue su apoyo.

Una situación casi idéntica es la de los agroindustriales y ganaderos bolivianos.

El área donde el conflicto imperialista podría adquirir un carácter más agudo es en el sector de recursos estratégicos como el litio o las tierras raras. En este sector China tiene una enorme ventaja frente a EEUU, ventaja que usó para superar a su rival en la guerra comercial del año pasado. Pero en este sector crítico el imperialismo norteamericano no está dispuesto a simplemente rendirse, por lo que su actitud tendrá que ser tanto más agresiva.

Una situación similar se ve en el acceso al litio del país: uno de los últimos actos de Luis Arce durante su gobierno fue firmar una serie de contratos con empresas chinas y rusas para la explotación del litio del Salar de Uyuni. Durante la campaña, estos contratos se convirtieron en un tema de controversia, planteándose la posibilidad de anularlos. Esta no hubiera sido una medida impopular, ya que en efecto eran de un carácter imperialista, nuevamente siguiendo la línea extractivista. Sin embargo, al final la lógica capitalista se impuso: la clase capitalista en su conjunto requiere estabilidad y  ciertas garantías para sus inversiones. Cancelar estos acuerdos hubiera indicado un clima de inestabilidad política en la que ningún capitalista, no importa de qué país, hubiera querido invertir.

No obstante, ante una intensificación del conflicto imperialista, EEUU podría redoblar su presión para quitarle una fuente de litio a su rival.

De la misma forma, China podría usar su posición comercial especial para presionar a la burguesía boliviana para que adopte una posición más favorable a sus intereses.

En esta lucha de gigantes, los pueblos de América no tienen nada que ganar. Desde el nacimiento del capitalismo, las grandes potencias ven a los pueblos del mundo como nada más que fichas de su tablero, prestas a ser sacrificadas para conseguir mayores beneficios.

Frente al imperialismo de Estados Unidos y el de China, la liberación se logrará solamente a través de la lucha contra el sistema que da origen a ambos.

Mujer, pueblos indígenas y juventud

La opresión de la mujer y las terribles consecuencias que trae consigo, el avasallamiento que sufren constantemente los pueblos indígenas, y, el sinfín de dificultades que debe atravesar la juventud hoy en día, son problemas que se deben resolver en todo el mundo. Pero, encuentran formas particulares de expresarse en América Latina, y en nuestro país. Por esto es importante comprender las condiciones que permiten su existencia.

Una de las deplorables consecuencias de la opresión de la mujer en nuestra región se manifiesta en forma de violencia contra la mujer, que encuentra su punto más alto en el feminicidio (figura legal reconocida en la mayoría de países latinoamericanos). Sólo en 2025 se registraron 73 víctimas de feminicidio en Bolivia. Pero eso no es todo puesto que muchas más son víctimas de abuso, ya sea: sexual, físico o psicológico sin reportarlo. Aunque en la actualidad también se está considerando otro tipo de abuso que es el económico, este tiene una estrecha relación con generar las condiciones que permiten que las mujeres sigan viviendo subyugadas, muchas mujeres aceptan continuar en relaciones abusivas debido a que sin sus parejas no encuentran otras formas de subsistencia.

Esto está íntimamente relacionado a las condiciones de acceso al trabajo en el país, y si bien los hombres también son víctimas de las mismas, las mujeres son quienes componen la mayor parte del sector informal, las cifras de la OIT señalan que el 86,1% de las mujeres que trabajan en nuestro país lo hacen en el sector informal. El cual no les ofrece ningún tipo de beneficios ni protecciones, teniendo en cuenta que además de trabajadoras, muchas de ellas desempeñan el rol de madres, lo que supone doble trabajo por un lado el que les permite sobrevivir y por otro el de las “tareas del hogar”. En este sentido no se ha pensado en la realidad de las mujeres trabajadoras en Bolivia, los beneficios que tienen son mínimos, y aún así quedan en la mayor parte solas al desempeñar las tareas de cuidado.

Esto es lo que aprovecha el sistema capitalista, y la burguesía en nuestro país: la condición de doble explotación de las mujeres. Producida a través de años de relegar a las mujeres al trabajo doméstico, mientras se promueve la idea de que es su papel histórico “natural”. Pero como Engels muestra en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, esto no siempre ha sido así, y no siempre lo será. La liberación de la humanidad no es imposible sin la emancipación de la mujer, que debe ser una tarea fundamental de la Revolución Socialista. Bajo el capitalismo la necesidad obliga ahora a las madres a también unirse a la gran masa de trabajadores, mientras que llegan a sus hogares a criar a los hijos.

Otro grupo de interés es la juventud, cada vez más desesperanzada respecto al futuro, el cual espera con incertidumbre debido a que les ha tocado crecer en medio de crisis, guerras, cambio climático y, en general, el caos que ocasiona el capitalismo. Si esto es todo lo que han podido conocer, entonces se encuentran con dos formas de responder: pueden seguir desesperanzados sin encontrarle sentido al futuro, o luchar por cambios para mejorar la situación a la que se enfrentan. En el resto del mundo se pueden observar movimientos liderados por jóvenes que buscan soluciones a los problemas que encaran, ¿pasará lo mismo en Bolivia?

Para responder esto, es crucial entender que en el país la juventud ha crecido la mayor parte de su vida con el gobierno del MAS en el poder, un gobierno reformista. En la época de bonanza económica han existido reformas para mejorar de alguna forma la vida de los ciudadanos, varios han recibido el Bono Juancito Pinto, por ejemplo. Cuando eso se acabó, también les tocó vivir las consecuencias del fracaso del reformismo, que sólo han sumergido el país en más deudas y generado una mayor crisis, cuyos efectos son el incremento en los costos de vida. Esto ha generado descontento en la población, primero hacia el antiguo partido de gobierno, pero también a la idea de lo que ellos representaban: el “socialismo”. Por este motivo se puede percibir en las capas más jóvenes de la sociedad un descontento hacia la izquierda, que se vio plasmado en las elecciones de 2025, donde los candidatos con mayor apoyo se inclinaban por posturas de derecha, y prometían “sacar al país de la crisis en la que lo había sumergido el socialismo”.

Una de las mayores preocupaciones de la juventud boliviana se concentra en si van a ser capaces de conseguir trabajos estables. El informe de la OIT sobre el Panorama Laboral de América Latina y el Caribe sitúa a Bolivia como el país con menor tasa de desempleo en la región, la cual indica un 2,3%, y recalca que esto no se puede traducir a empleos de calidad, puesto que ocupamos el primer puesto en informalidad con un 82,3%. Entre los datos que ofrece se señala también que dónde más se concentra el desempleo es en los jóvenes de 16 a 28 años, con un 3,7%; entre los que sí se encuentran empleados su actividad está dirigida al sector informal en un 96,2%. Esto quiere decir que los jóvenes no acceden a trabajos de calidad, de hecho, predomina el subempleo o el autoempleo. Pero la culpa no es precisamente de ellos o de las ganas que expresen por trabajar, sino de la incapacidad que tiene la burguesía en desarrollar la economía capitalista del país y de esta manera generar empleos dignos, esto empuja a la juventud a optar por trabajos precarizados donde el sueldo mínimo es visto como un lujo.

Esto se traduce en otro problema que deben afrontar, la crisis de vivienda. Cada vez se ve como un objetivo más lejano ser propietario de una vivienda, las casas son para los arrendatarios un medio para enriquecerse, y los alquileres rondan por encima de un salario mínimo nacional. Junto a los bajos salarios que perciben, es casi imposible que un joven pueda acceder siquiera a créditos que le permitan ser dueño de su domicilio. Conectado a un problema global mucho más profundo, esto se transforma en condiciones que generan una incapacidad en la juventud de ser propietarios de algo, en una época en la que pagar alquiler o suscripciones para todo parece ser la norma. Muchas veces este problema se carga en las espaldas de los más jóvenes, acusándolos de no saber ahorrar o simplemente no querer comprar, cuando la raíz del problema se encuentra en las constantes crisis del sistema capitalista actual que hacen a los burgueses exprimir hasta el último centavo del bolsillo de las masas obligándolas a endeudarse para poder sobrevivir.

Si bien ahora nos enfrentamos a una cierta desconfianza hacia la izquierda en la juventud- que ha conducido a un mayor apoyo a la derecha – esta no ha tardado en dejar ver sus verdaderas intenciones, las cuales no son elevar el nivel de vida de la juventud, sino más bien empobrecerla más. El apoyo al agronegocio y la economía extractivista no genera industria ni empleo, que se quiten impuestos a las grandes fortunas no mejora en nada las condiciones de vida de los más jóvenes, al contrario, se traduce en mayor desfinanciamiento de instituciones que si nos benefician, como la universidad o salud pública. Las movilizaciones de varios sectores que se oponen a estas medidas, ya son un hecho, y no faltará mucho para que ese descontento pase también a los jóvenes, ante lo que ya conocían, lo que están viviendo, y lo que les falta por enfrentar. A estos problemas es necesario ofrecerles soluciones, las cuales se encuentran en el derrocamiento del sistema capitalista que ha quedado obsoleto y no ofrece ninguna oportunidad de progreso en el futuro, y sólo se podrá lograr a través de la lucha por el comunismo; debemos ofrecerles esperanza a los jóvenes, esperanza que crece empapándose de las ideas del marxismo y organizándose con otros que compartan el mismo objetivo. Como decía Engels: ¿Acaso no es natural que la juventud predomine en nuestro Partido, el partido revolucionario? Somos el partido del futuro, y el futuro pertenece a la juventud. Somos un partido de innovadores, y siempre es la juventud la que sigue con mayor entusiasmo a los innovadores. Somos un partido que libra una lucha abnegada contra la vieja podredumbre, y la juventud siempre es la primera en emprender una lucha abnegada.

El ser social determina la conciencia. En la juventud de Bolivia y América Latina esto ha encontrado una expresión profunda en el deseo de escapar el atraso de nuestro capitalismo servil, en busca de un futuro mejor en los mismos países capitalistas avanzados que nos mantienen en nuestra condición de pobreza. La tarea de la juventud revolucionaria no es irse del país bajo la ilusión liberal de que los conocimientos o recursos adquiridos afuera serán la clave del desarrollo del país. Bolivia solo saldrá de su condición servil a través de la revolución proletaria, y la juventud tiene un rol clave que jugar en su propio país, para transformarlo de base. Frente al tan común “escapemos de Latinoamérica”, nuestra respuesta debe ser “cambiemos Latinoamérica”.

El último grupo, que se encuentra constantemente amenazado en Bolivia, es el de los pueblos indígenas, que ha tenido luchas históricas por el reconocimiento de sus derechos, y, sobre todo, por el respeto a su territorio. La opresión de los pueblos indígenas en nuestro país y en Latinoamérica tiene sus orígenes en la conquista y colonización, primero a manos de los españoles; pero continuó incluso después de la “independencia” gracias al interés de las potencias imperialistas en nuestro territorio y sus recursos. Aunque no sólo son los capitalistas extranjeros los culpables del sometimiento de los indígenas, los imperialistas se encuentran apoyados por la burguesía en nuestro país, quienes dependen de ellos para obtener sus propias ganancias. Las mismas que se generan a través de promover el modelo extractivista que se limita a explotar los recursos naturales sin generar industria y, por lo tanto, trabajo para nuestra gente. El acceso a estos recursos está ligado a un asunto fundamental para los indígenas-campesinos: el territorio.

Con el fin de atender estas demandas se han adoptado distintas medidas y leyes. Una de las más importantes es la Reforma Agraria del 53, que nace de la lucha de las bases campesinas con el propósito de derrocar el latifundio, pero que quedó incompleta debido a las condiciones que enfrentaba. Otra, que va a transformar, sobre todo en el marco jurídico, la forma en la que se distribuye el territorio es la Ley 1715 (1996), la cual introduce la figura de Tierras Comunitarias de Origen y la creación del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, es en ese momento en el que se definen las funciones de la pequeña propiedad y propiedad comunitaria (ligada a la función social), y la mediana propiedad y empresa agrícola (ligada a la función económica social). Ya con el gobierno del MAS en 2006, se estableció la Ley 3545 cuyo objetivo era agilizar los procesos de adjudicación de tierras, sobre todo para el caso de las TCO, pero se sigue trabajando sobre lo establecido en la normativa anterior. Con el nuevo gobierno de Paz, se buscan cambiar estas reformas con propuestas que buscan permitir el paso de la pequeña a mediana propiedad, lo que ha generado gran rechazo por parte de las poblaciones indígenas.

La razón por la que el Proyecto de Ley 157 y la, posterior, Ley 1720 han sido ampliamente rechazadas es precisamente porque abre paso en el marco legal al cambio de la clasificación en los títulos sobre la propiedad, cambiando también su función económico social. Aunque se reitere que el cambio debe darse de manera voluntaria, no es necesario recalcar que dentro del sistema capitalista la única voluntad que prevalece es la de los propios capitalistas. Las pequeñas propiedades junto a la propiedad comunitaria conforman las TCO, modificar una significa poner en riesgo la forma de vida de varias comunidades indígenas que tienen como forma de sustento la producción agrícola. Además, permitiría despojarlos de sus propiedades en caso de no cumplir con la FES, y traspasarlas a aquellos que sí puedan producir para el mercado y así conservar su derecho. En síntesis, quitarles a los indígenas sus hogares y cederlos a los agroindustriales.

Desde la teoría comunista debemos comprender que la solución está en la nacionalización y redistribución de la tierra bajo el Estado Obrero. Donde la producción agrícola sea en interés de satisfacer las necesidades de la población, pensando en la protección y sostenibilidad de la tierra. Para lograr ese objetivo, una de nuestras tareas pendientes es ganarnos a esa gran masa de trabajadores indígenas y campesinos. Haciéndoles entender que sólo a través del derrocamiento del capitalismo se puede expulsar a los agroindustriales latifundistas, y otros sujetos, que buscan aprovechar de cualquier forma los recursos que se encuentran en los territorios indígenas, sin importarles desarticular a su población en el proceso.

La Revolución Permanente

Una herramienta fundamental para entender las dinámicas específicas que toma la lucha de clases en un país como el nuestro es la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Como explicamos en la sección de la naturaleza de la burguesía boliviana, esta clase desde sus inicios fue lacaya del imperialismo y nunca fue capaz de desarrollar las fuerzas productivas. Debido a su origen en la oligarquía latifundista, cualquier intento de llevar a cabo medidas típicamente democrático burguesas en el país como la reforma agraria, despertaría la más profunda reacción por parte de una parasitaria burguesía lacaya y servil a los intereses del imperialismo. Fue precisamente esto lo que ocurrió en 1952 en Bolivia, cuando la Reforma Agraria tuvo que llevarse a cabo bajo la iniciativa del movimiento del proletariado.

Justamente la cuestión de la tierra es donde surge otra de las características de la Revolución permanente, la cual es la posición marxista ante el campesinado como clase. Se podría decir que Trotsky, incluso antes que Lenin, entendió la verdadera naturaleza del campesinado en una nación atrasada como Rusia. Esta es una clase social heterogénea, la cual debido a su desarticulación y a las diferencias en cuanto a sus intereses, es incapaz de desarrollar una independencia política la cual le permita ser sujeto revolucionario. El campesinado siempre termina por apoyar a una u otra clase con base en la ciudad, el centro del sistema capitalista, ya sea la clase obrera o la clase burguesa. ¿Significa esto que debamos ignorar al campesinado en el escenario de la revolución? En absoluto. Precisamente una de las tareas primordiales de un movimiento comunista es realizar un programa revolucionario que sea capaz de articular los intereses del campesinado con los del proletariado. 

Pero, salta la pregunta: ¿Por qué especialmente el proletariado debe ser el sujeto revolucionario, si este ni siquiera constituye la mayoría de la población en Bolivia? Pues esto se debe al rol que juega en la economía. Es la clase que día a día dentro del capitalismo, maneja las palancas de la economía del país y lo mantienen vivo. Es la única clase que debido al rol que juega en la industria, inevitablemente es llevado a una conciencia revolucionaria. El campesinado trabajador, por más que en muchos casos viva aún más la opresión de la sociedad de clases, no puede llegar a ser líder de un movimiento revolucionario, sin embargo, el proletariado requiere necesariamente apoyarse en este para la lucha contra la gran burguesía y los terratenientes, cuyos intereses son fundamentalmente similares.

En cuanto a la cuestión nacional, la revolución permanente implica que, sobre todo en un país de desarrollo burgués atrasado como el nuestro, la resolución íntegra y efectiva de los fines democráticos y de emancipación, tan solo puede ser concebida por medio de la revolución socialista y la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder de una nación oprimida, constituída por los trabajadores urbanos y por el campesinado pobre, entre otras clases intermedias. La CPE de 2009, contra la que los capitalistas lucharon ferozmente, muestra hasta dónde pueden ser satisfechas las reivindicaciones de las masas bajo el capitalismo. Bolivia es ahora formalmente un país plurinacional, que ha tenido un presidente indígena, y nada de ello ha cambiado en lo sustancial la opresión de las masas indígenas.

Pero esta teoría no se detiene aquí, pues en contraste a las aberraciones estalinistas como la teoría del “socialismo en un solo país” que en la práctica llevó al sabotaje y la traición de un sinfín de revoluciones, la Revolución permanente reivindica un principio fundamental del socialismo científico, el cual es el internacionalismo proletario. En este sentido, no se puede concebir el triunfo a largo plazo de una revolución en cualquier país (sobre todo en uno de capitalismo atrasado como el nuestro), si esta no es sucedida de movimientos revolucionarios tanto en los países vecinos, como en aquellas naciones con un desarrollo económico avanzado. Es justamente esta parte de la Teoría que más caricaturizaciones ha recibido por parte de otras corrientes, que dicen que los trotskistas defienden una fantasía donde “la revolución tiene que ser simultánea en todo el mundo para que pueda llegarse al socialismo”.

Nada más lejos de la realidad, esto solo implica que debido al desarrollo de una economía mundial capitalista y toda la articulación que existe entre las distintas naciones que conforman esta, la revolución en cualquier parte del mundo necesita de los esfuerzos del proletariado mundial para su supervivencia y subsecuente triunfo. La ausencia de esta revolución internacional inevitablemente llevará a situaciones como la burocratización y posterior caída de la Unión Soviética, o el lamentable ahogamiento y constante ataque que está recibiendo una nación donde la revolución socialista previamente triunfó: Cuba.

La verdadera soberanía nacional de un país capitalista atrasado no es más que una fantasía en la época del imperialismo. La incapacidad de nuestra burguesía se manifiesta en la dependencia que tienen sectores estratégicos de la economía hacia el capital transnacional. Para citar algunos ejemplos:  La transnacional minera canadiense San Cristóbal dirige uno de los proyectos de explotación de mayor inversión en la mina homónima en el departamento de Potosí (inversión aproximada de 1.800 millones de dólares). Por otro lado, la industria de hidrocarburos continúa tutelada por gigantes transnacionales, por ejemplo Repsol de España, que anunció una inversión en Bolivia de 71,6 millones de dólares para el año 2026. Tenemos por otro lado a Petrobras y TotalEnergies, de Brasil y de Francia respectivamente.

Finalmente, la revolución permanente defiende que la Dictadura del Proletariado, a pesar de ser el único modo de gobierno capaz de llevar a cabo las consignas democrático-burguesas, no representa el fin en sí mismo, sino apenas el comienzo de la lucha real por el socialismo, lucha que surge de la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.

Desarrollo de la Conciencia de Clase y el Rol del Partido

El debate sobre cómo se transforma la mentalidad de los explotados y oprimidos ha sido motivo de confusiones. Existe una tendencia idealista que reduce la militancia a una labor puramente pedagógica, bajo la premisa de que la clase trabajadora sólo alcanzará la madurez política mediante la propaganda constante y la iluminación abstracta que un grupo de iniciados le provee desde el exterior. Esta visión confunde la agitación con el motor real de la historia. La conciencia de clase no se puede construir artificialmente dentro de un laboratorio de ideas, ni se inocula a una población pasiva; es imposible explicar pacientemente a cada individuo hasta sumar una mayoría aritmética. Pensar que nuestra tarea principal es simplemente crear conciencia es malentender las leyes del desarrollo social y la propia psicología de las masas.

Para poder entender cómo se desarrolla la conciencia de clases, debemos primero comprender que la conciencia es , por naturaleza, profundamente conservadora. Los seres humanos tienden a aferrarse a las viejas tradiciones, a las rutinas heredadas y a las certezas institucionales porque el peso de la ideología dominante se reproduce diariamente a través de la escuela, los medios de comunicación y la necesidad material de subyugarse a un burgués para obtener un salario para poder sobrevivir. Por tanto la ruptura con este entramado ideológico no ocurre por una revelación teórica generalizada, sino bajo el látigo de la necesidad. Son entonces los grandes acontecimientos históricos, los giros bruscos y repentinos de la realidad, aquellos que rompen la inercia social. Las constantes crisis del capitalismo sacuden la estantería mental de la población, obligándola a cuestionar el orden que antes aceptaba como natural.

El capitalismo, por sus contradicciones internas, genera de forma inevitable crisis constantes que empujan a las masas a la acción directa. En esos momentos de quiebre, el pensamiento de millones de personas puede transformarse más radicalmente en unos pocos días de huelga que en décadas de normalidad institucional.

Pero, si nosotros no jugamos un rol importante en el desarrollo de estos acontecimientos, ¿Cuál es nuestra tarea como organización? La verdadera tarea de una organización revolucionaria no es la de tomar el rol de un maestro que espera a que sus alumnos aprendan la lección antes de actuar, sino prepararse con antelación para estos inevitables movimientos de masas. Eso no quiere decir que somos entes ajenos a las luchas constantes de las masas, por lo contrario, debemos dialogar con las conclusiones empíricas que los trabajadores extraen de sus propias luchas y elevar estas conclusiones hacia el reconocimiento de la necesidad de la revolución socialista. 

Para cumplir con este rol de dirección, la preparación técnica, teórica y organizativa es indispensable, pero del todo insuficiente si se mantiene en los márgenes de la marginalidad política. De nada sirve tener la razón histórica si no se posee la fuerza material para hacerla valer. De ahí emana la urgencia del crecimiento numérico y cualitativo. Esta es la tarea central de la etapa preparatoria, puesto que solo un partido que haya alcanzado un tamaño significativo podrá conquistar la autoridad moral y política necesaria ante los ojos de las masas cuando éstas decidan irrumpir en el escenario político. Sin esa influencia y musculatura previa, las consignas más correctas se reducen a gritar en el vacío, incapaces de disputar la dirección del movimiento a las burocracias reformistas que siempre buscan desviar la energía popular hacia los canales seguros del parlamentarismo burgués.

La revolución no surge de un deseo abstracto de justicia ni de construcciones teóricas aisladas de la realidad material; brota de las entrañas mismas de estas contradicciones socioeconómicas. El socialismo solo puede emerger y consolidarse a través de la autoactividad consciente de las grandes mayorías compuestas por los trabajadores y los sectores empobrecidos. Son ellos quienes, al defender sus condiciones de vida elementales, se ven forzados a tomar las riendas de su propio destino.

Como partido revolucionario, debemos actuar como la memoria histórica y la brújula estratégica de las masas. Al aglutinar a los elementos más avanzados de la clase obrera, la organización se convierte en la herramienta indispensable para centrar los esfuerzos dispersos y proponer el camino a seguir. La relación entre el partido y las masas es dialéctica: la energía motriz proviene de la movilización de la base, mientras que la dirección proporciona la precisión teórica y la estrategia más adecuada. Cuando la crisis capitalista empuje a las masas a las calles y estas se encuentren con un partido lo suficientemente fuerte y maduro que goce de su confianza, entonces la potencia revolucionaria de los obreros se transformará en una fuerza invencible, capaz de derrocar el viejo orden e iniciar la reconstrucción socialista de la sociedad.