
La derecha dice que el mercado siempre sabe qué hacer, que la pobreza es culpa del individuo y que la riqueza es el premio al esfuerzo. Pero estas ideas dogmáticas jamás han reflejado la realidad, sólo son los mitos con los que la burguesía justifica su violento dominio. En este artículo desmontamos cuatro de las mentiras más repetidas por la burguesía utilizando las herramientas que nos otorga el marxismo.
Mito 1 “La insulina vale lo que el mercado quiera cobrar”
Hace un tiempo discutí con una defensora de la economía burguesa y salió un tema con el que seguramente tuvieron que lidiar muchos marxistas pero en diferentes versiones, el chiste va así: como la insulina tiene una utilidad muy específica y quienes la necesitan no pueden prescindir de ella, las empresas pueden cobrar el precio que quieran. En otras palabras quiso decir que el mercado determina completamente el valor de las mercancías. A primera vista, el argumento parece tener sentido, después de todo, si una persona necesita un medicamento para seguir viviendo, pagará prácticamente cualquier precio por obtenerlo. Sin embargo, esta idea parte de una confusión absurda y básica el confundir el precio con el valor.
Los economistas liberales presentan el mercado como una especie de juez supremo capaz de determinar el valor de todas las mercancías únicamente mediante la oferta y la demanda, si una empresa consigue vender la insulina a cientos de dólares y concluyen que ese es su verdadero valor. Pero esta explicación no responde a la pregunta más importante ¿De donde surge el valor que luego se expresa en un precio?
Partiendo de esa cuestión toda mercancía posee, en primer lugar, un valor de uso, es decir su capacidad de satisfacer una necesidad humana, como el pan que alimenta y la insulina, una hormona esencial que permite que millones de personas con diabetes sigan viviendo. Sin utilidad, ninguna mercancía podría intercambiarse.
Lo cierto es que la utilidad no determina el valor, si así fuera, el aire sería la mercancía más costosa del planeta, porque sin ella moriríamos. Del mismo modo, una simple botella de agua en medio del desierto podría venderse por miles de dólares sin que por ello hubiera adquirido más valor. La realidad demuestra lo contrario. La utilidad explica por qué una mercancía puede ser consumida, pero no explica por qué puede intercambiarse por una cantidad de dinero o por otra mercancía.
Marx explica que aquello que hace comparable mercancías tan distintas como un pan y un frasco de insulina no es su utilidad, sino que todas son producto del trabajo humano. Lo que determina su valor es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producción, es decir, el tiempo promedio requerido para fabricarlas bajo las condiciones normales de producción.
Entonces ¿por qué la insulina puede venderse a precios exorbitantes? Precisamente porque el precio no es el valor. El precio es la forma monetaria en la que el valor se expresa dentro del mercado, pero puede separarse de él por la acción de monopolios, patentes, la oferta y la demanda o la especulación, que una empresa farmacéutica pueda vender un medicamento muy por encima de su valor significa que posee una posición privilegiada que le permite apropiarse de una parte mayor de la riqueza social.
Como explica Marx en “Trabajo asalariado y capital”, el intercambio por sí mismo no crea la riqueza. Una mercancía puede cambiar de manos diez veces y multiplicar su precio, pero la sociedad no habrá producido un solo gramo adicional de riqueza. El intercambio únicamente redistribuye el valor creado previamente en la producción. La pregunta decisiva, entonces, no es cuánto puede cobrar una empresa por una mercancía, sino quién produjo el valor que esa empresa finalmente realiza en el mercado.
No es casual que la economía burguesa reduzca toda explicación al mercado. Si el valor pareciera surgir únicamente del intercambio, desaparecería del análisis el papel creador del trabajo humano y con él la explotación sobre la que descansa el modo de producción capitalista. La teoría del valor es el punto de partida para comprender por qué una minoría puede apropiarse sistemáticamente de la riqueza producida por la inmensa mayoría.
Mito 2 “El mercado siempre se autorregula, por lo tanto la sobreproducción no existe”
En cada crisis económica la burguesía siempre encuentra una explicación distinta para salvar el “prestigio” del capitalismo. Unos culpan al Estado por intervenir mucho, por no intervenir lo suficiente y otros culpan a las tasas de interés, a la inflación y repiten la misma idea de que el mercado terminará corrigiendo solo, como si las crisis económicas fueran solo “simples” accidentes.
Marx explica que las crisis económicas no eran simples accidentes del capitalismo, él demostró que eran la manifestación inevitable de las contradicciones internas del capital. La sobreproducción no es una falla del sistema, es el resultado de la acumulación capitalista.
Toda la economía burguesa parte de un error fundamental, suponen que el capitalismo produce para satisfacer necesidades. Pero el motivo impulsor del capital no es satisfacer necesidades, sino autovalorizarse. Es decir que el objetivo del capitalista no es fabricar pan o producir insulina porque la sociedad lo necesite, sino porque piensa que alguien lo puede comprar, de manera que su ganancia se realice y su capital se acumule. Esas mercancías son únicamente el medio para un fin: obtener una ganancia y convertir una determinada suma de dinero en una suma mayor. El dinero no entra al proceso productivo para satisfacer necesidades sociales, sino para regresar aumentado, es decir, valorizado. Toda la producción queda subordinada a ese movimiento de autovalorización del capital. En otras palabras, bajo el capitalismo las necesidades humanas solo se satisfacen cuando coinciden con la rentabilidad del mismo sistema.
Marx expresa esta diferencia mediante dos fórmulas aparentemente sencillas.
En la producción mercantil simple, el productor vende una mercancía para comprar otra que necesita. El ciclo es Mercancía-Dinero-Mercancía (M-D-M). El dinero sólo actúa como intermediario. El capitalista, en cambio, inicia el proceso con dinero, compra medios de producción y fuerza de trabajo y termina con una cantidad mayor de dinero. Su ciclo no es M-D-M, sino Dinero-Mercancía-Más Dinero (D-M-D’). La producción deja de ser un medio para satisfacer necesidades y se convierte en un medio para expandir indefinidamente el capital.
Es aquí donde aparece la primera contradicción, cada capitalista compite contra todos los demás. Ninguno puede decidir libremente cuánto producir o cuánto invertir. La competencia obliga permanentemente a introducir nuevas máquinas, aumentar la productividad, perfeccionar la división del trabajo y abaratar el costo de cada mercancía. Quien no lo hace es expulsado del mercado por un competidor más eficiente.
Como explica Marx en los capítulos del Capital dedicados a la cooperación y la manufactura, esta competencia revoluciona constantemente las fuerzas productivas. Nunca antes la humanidad había desarrollado una capacidad tan extraordinaria para producir riqueza.
Pero esa misma riqueza aparece bajo la forma de capital.
Mientras la productividad aumenta sin cesar, el salario continúa representando únicamente el valor de la mercancía fuerza de trabajo. El trabajador produce una masa creciente de mercancías, pero su capacidad de consumirlas permanece limitada por la propia relación salarial. La contradicción es evidente, el capitalismo desarrolla ilimitadamente la producción mientras limita el consumo de la única clase capaz de llevar a cabo esa producción.
Por eso la sobreproducción no significa que existan demasiados bienes para satisfacer las necesidades humanas, al contrario, hay millones de personas sin vivienda mientras existen millones de viviendas vacías y se destruyen toneladas de alimentos mientras millones pasan hambre. No existe una sobreproducción de valores de uso, existe una sobreproducción de mercancías que ya no pueden venderse con la ganancia esperada por el capital.
Cuando las mercancías no se pueden vender, dejan de realizar la plusvalía contenida en ellas y comienza la crisis. Las fábricas reducen la producción, aumentan los despidos, las empresas menos competitivas quiebran y el capital se concentra todavía más en manos de los grandes monopolios. La crisis destruye mercancías, destruye capital y destruye fuerzas productivas, no porque la sociedad ya no necesite esos bienes, sino porque el capital ya no puede obtener de ellos una rentabilidad.
La economía burguesa llama a este proceso «autorregulación». Pero ¿qué clase de autorregulación necesita destruir alimentos mientras existe hambre, cerrar fábricas mientras faltan bienes y condenar a millones de trabajadores al desempleo para volver a funcionar? Lo que los economistas liberales presentan como equilibrio no es otra cosa que la forma violenta mediante la cual el capital intenta restablecer temporalmente sus condiciones de acumulación.
Trotsky señalaba que el capitalismo no agota sus posibilidades porque deje de producir, sino porque las fuerzas productivas que él mismo desarrolla terminan chocando contra las relaciones de propiedad que las aprisionan. La producción adquiere un carácter cada vez más social: miles de trabajadores, científicos, ingenieros y transportistas participan colectivamente en la creación de cada mercancía. Sin embargo, la apropiación de esa riqueza continúa siendo privada.
Las crisis son la expresión de una de las contradicciones más profundas del capitalismo, la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de sus resultados.
El marxismo comprende que ninguna forma de regulación de carácter reformista puede eliminar una contradicción que nace de las propias relaciones de producción capitalistas. Mientras la producción continúe subordinada a la obtención de ganancias y no a las necesidades humanas, las crisis seguirán apareciendo con una fuerza cada vez mayor.
Mito 3 “Bolivia es pobre porque no se industrializa”
Una de las falacias argumentativas favoritas de la derecha boliviana y de la izquierda reformista. Se dice que Bolivia es pobre porque exporta materias primas y que el problema sería simplemente «agregar valor» o construir una gran empresa nacional capaz de competir con las multinacionales. En redes sociales suele resumirse con frases como: «¿Por qué no existe un Apple boliviano?»
La idea parece convincente pero del mismo modo que dentro de una fábrica un obrero fabrica tornillos, otro ensambla motores y otro supervisa las máquinas, el capitalismo asigna funciones diferentes a las distintas naciones. Unos países concentran el capital financiero, la investigación científica y la producción de tecnología y otros están relegados a exportar materias primas, alimentos o mano de obra barata. Esta división no responde a las capacidades naturales de cada pueblo, sino a las necesidades de acumulación del capital a escala mundial.
Bolivia no exporta principalmente gas, minerales o soya porque esa sea su «vocación». Lo hace porque el desarrollo histórico del capitalismo la incorporó al mercado mundial como proveedora de materias primas. Al mismo tiempo, importa maquinaria, tecnología, medicamentos y bienes industriales producidos en países donde históricamente se concentró una mayor acumulación de capital y aquí aparece la gran contradicción que la economía burguesa intenta ocultar.
Se nos dice que basta con «industrializar» el país para salir del subdesarrollo. Pero ¿cómo puede competir una industria naciente boliviana con gigantes como Estados Unidos, Alemania o China, cuyos capitales llevan décadas e incluso siglos concentrando tecnología, infraestructura, financiamiento y enormes economías de escala? La libre competencia, que los liberales presentan como un terreno neutral, parte de una desigualdad histórica gigantesca.
Por eso incluso las grandes potencias recurrieron durante su desarrollo a fuertes políticas proteccionistas cuando les convenía y defendieron el libre comercio cuando ya dominaban los mercados internacionales. El libre mercado nunca fue un principio moral, siempre fue un instrumento al servicio de los intereses de las burguesías más fuertes.
Pero tampoco el proteccionismo nacional resuelve el problema. Levantar aranceles o crear empresas estatales no elimina el hecho de que la economía boliviana continúa integrada en un mercado mundial dominado por monopolios internacionales y por el capital financiero.
La consigna de «industrializar Bolivia» (Bolivia para el mundo y el mundo para Bolivia) solo tiene sentido si se plantea desde una perspectiva socialista. Bajo el capitalismo, cualquier proceso de industrialización termina subordinado a las necesidades del mercado mundial, al capital financiero y a la competencia de los monopolios internacionales. El problema no es simplemente producir computadoras en Bolivia en lugar de exportar litio. El problema es quién controla esa producción, para qué se produce y bajo qué relaciones de propiedad. Mientras la economía continúe organizada para la ganancia burguesa y no para satisfacer las necesidades sociales, el desarrollo nacional chocará una y otra vez contra los límites del mercado mundial capitalista.
Mito 4 “el pobre es pobre porque quiere”
Si has pasado más de 10 minutos scrolleando en instagram o tik tok, seguramente te has topado con el típico coach motivacional grabando un video desde Dubái para sus cursos de energía masculina y su receta es casi siempre la misma, dejar de tener «mentalidad de escasez», manifiesta abundancia, levántate a las cinco de la mañana, escucha un podcast de emprendimiento mientras te bañas con agua fría y, por supuesto, desarrolla una verdadera «mentalidad de tiburón». Si después de todo eso sigues siendo pobre, la conclusión es obvia, tú eres el problema.
A primera vista puede parecer una simple estafa para vender cursos pero en realidad, es mucho más que eso. Es la versión moderna de una de las mentiras más antiguas de la sociedad de clases.
Antes se decía que Dios premiaba con riqueza a los virtuosos. Hoy se dice que el universo recompensa a quienes «vibran alto». Cambian las palabras, pero la función ideológica sigue siendo exactamente la misma, convencer a los explotados de que su pobreza no es consecuencia de las relaciones sociales en las que viven, sino de un defecto moral, psicológico o espiritual. La economía burguesa lleva siglos contando la misma historia.
Según ella, el capitalismo nació porque algunos individuos fueron trabajadores, previsores y ahorradores, mientras otros fueron perezosos y derrochadores. Los primeros acumularon riqueza y los segundos terminaron trabajando para ellos. Así, la desigualdad aparece como el resultado natural del mérito individual.
Marx se burló de esta explicación comparándola con el pecado original de la Biblia. Del mismo modo que la religión explica el sufrimiento humano diciendo que Adán mordió una manzana, la economía burguesa explica la existencia de ricos y pobres inventando una fábula sobre empresarios laboriosos y obreros irresponsables. Pero la historia real del capitalismo fue infinitamente más violenta. Ninguna burguesía conquistó el poder manifestando abundancia.
La burguesía inglesa no se hizo rica porque madrugaba más que los campesinos. Se enriqueció expulsándolos violentamente de las tierras comunales mediante los cercamientos. Millones de personas fueron privadas de los medios con los que podían vivir y trabajar de manera independiente. Despojados de sus tierras, ya no les quedó otra opción que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir.
Lo mismo ocurrió a escala mundial. La acumulación originaria del capital no nació del ahorro, sino del saqueo colonial, de la esclavitud, del comercio de seres humanos, del exterminio de pueblos enteros y del despiadado robo de recursos naturales como el oro y la plata arrancados de América, las plantaciones sostenidas por esclavos constituyeron algunos de los pilares sobre los que se levantó la riqueza de las primeras potencias capitalistas. Por eso Marx afirma que el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies. No es una metáfora exagerada. Es una descripción histórica.
Pero la acumulación originaria no pertenece únicamente al pasado porque en cada privatización de un servicio público, cada comunidad indígena desplazada por la minería, cada campesino expulsado por el avance del agronegocio y cada intento de convertir un bien común en mercancía, reproducen, bajo formas nuevas, el mismo proceso histórico, separar a la mayoría de la población de los medios necesarios para vivir y obligarla a depender del mercado para sobrevivir y es aquí donde aparece una verdad que los gurús financieros jamás mencionan, que nadie se convierte en burgués únicamente por tener dinero.
Como explicaba Marx, el capital no es una montaña de billetes ni una fábrica, el capital es una relación social. Solo existe donde una minoría posee los medios de producción y una mayoría, desposeída de ellos, se ve obligada a vender diariamente su fuerza de trabajo para poder comer.
La pobreza jamás será un problema de actitud. Un obrero puede levantarse todos los días a las cinco de la mañana, trabajar doce horas, leer las 48 leyes del poder, manifestar frente al espejo y al final del mes seguirá dependiendo de un salario porque la relación social que lo convierte en asalariado permanece intacta. La explotación no desaparece cambiando la mentalidad del explotado, no es la conciencia individual la que determina el ser social, sino el ser social el que moldea la conciencia. Mientras una minoría monopolice la propiedad de los grandes medios de producción, la inmensa mayoría seguirá produciendo la riqueza que otros se apropian.
La verdadera pregunta es cómo una minoría llegó a apropiarse de las condiciones materiales que permiten vivir, producir y acumular riqueza y responder esa pregunta significa abandonar el terreno de la psicología barata y entrar en la historia. Y la historia demuestra que el capitalismo no nació del mérito, del ahorro ni de la ley de la atracción. Nació del despojo, de la violencia y de la expropiación de millones de seres humanos. Quien oculta ese origen no está enseñando economía, está haciendo propaganda para el sistema que se benefició de esta violencia descarada. Solo la organización colectiva hacia el comunismo nos liberará de la violencia sistemática del capitalismo.
«Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!»